En su programa del domingo pasado, Periodismo para todos, Jorge Lanata montó un show al que algunos periodistas se prestaron voluntariamente y muchos otros lo hicieron obligados contractualmente, forzados por la o las empresas que los conchaban; en este último caso, es comprensible. A varios de uno y otro grupo, no obstante, se los vio incómodos, indecisos, como sintiéndose escrachados.


Al grito de “queremos preguntar, queremos preguntar”, la barra de comunicadores periodísticos –muchos de ellos en realidad ejecutivos en sus respectivas compañías, en general de TV y radio– reclamó esperpénticamente que Cristina Fernández y sus principales funcionarios respondan preguntas durante las pocas o casi nulas conferencias de prensa que brindan.

Se pretendió así remedar aquella protesta televisiva progresiva con que Tato Bores buscó rechazar la censura previa que pretendió imponerle la jueza María Romilda Servini de Cubría.

Sin embargo, del intento de Lanata resultó un espectáculo penoso que a mí, viéndolo al otro día por TN, me dio vergüenza ajena.

¿Qué es eso de “queremos preguntar…”? El problema para el periodista, ante todo, no son las preguntas sino las respuestas, y no orales sino documentales. Mucho menos durante una conferencia de prensa, donde al tratarse de una cuestión pública, frecuentemente transmitida en directo por diversos medios, el preguntado está entrenado para mentir o falsear la verdad. ¿Se pretendería, así, desenmascarar a quien da la conferencia? Nada de eso.

Se trató, en fin, no de un reclamo por la libertad de prensa ni mucho menos contra la censura, como hicieran personalidades de la cultura con Tato, sino de una movida política del Grupo Clarín que Lanata montó y a la que muchas “estrellas” mediáticas se prestaron –la mayoría de los trabajadores allí presentes, como se dijo, obligados por sus respectivas patronales–. En su “pelea” intercapitalista, el holding de Magnetto busca pegarle por todos los wines al gobierno, aunque casi nunca da en lo medular sino, más bien, en lo superficial. Ni el Grupo ni Cristina quieren ir a fondo en la cuestión.

Además, ¿dónde se ha visto que un periodista necesite preguntar para saber? Lo que se necesita es libre acceso a las fuentes y documentos que prueben lo que el trabajador de prensa pretende investigar y probar. Si se cotejan esos documentos con las eventuales declaraciones que un funcionario brinde al respecto, se verá claramente que el susodicho, habitualmente, tergiversa o directamente miente sobre lo que no quiere que sea investigado periodísticamente; lo haría, incluso, en un estrado judicial. Y esto cabe –como se ha visto y oído– también para Cristina y sus ministros.

Aquí y ahora, que yo sepa, donde la imposibilidad de preguntar se hace evidente es en los propios medios, en las empresas mediáticas, donde sus respectivas líneas editoriales (sea Clarín, La Nación o Tiempo Argentino y Página 12) vedan cualquier posibilidad de investigar lo que a los intereses económicos o políticos de sus respectivas patronales no convenga.